En el café de la esquina

En el café de la esquina del recuerdo.
Llegas tarde, como siempre.
El pelo suelto, alborotado por la brisa de Madrid.
Tu sonrisa nerviosa.
La mía no acierta a dibujarse.
Las manos sudorosas desmontan mi serenidad.
Me siento frágil, muy frágil.
Me siento vivo, muy vivo.
Hablamos del tiempo para romper el hielo.
En el café de la esquina.
Tu mirada se cruza con mi mirada durante un segundo.
Nerviosos mis ojos miran al suelo.
El rubor se asoma a tus mejillas.
Mi pulso se acelera.
Y una sensación de plácido calor recorre mi cuerpo.
En el café de la esquina.
La historia continúa sin guión.
Sin final predefinido.
En la radio suena una canción
y tu ríes nerviosa.
En el café de la esquina.
Pasan los minutos
queriendo que fueran horas.
El valor una vez más
se quedó en alguna parte.
Me despido, te despides.
Al final, como siempre,
te giras para mirarme.
Yo vuelvo la vista al frente
y me sonrío.
En el café de la esquina, como siempre.

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Cuando no reconoces la imagen que te devuelves

 

Cuando la vida te sabe amarga

 

Cuando el espejo te refleja una vida cargada de nostalgia

 

Cuando cualquier tiempo pasado fue mejor

 

Cuando la vida te pesa en la espalda…

 

Busca aire.

 

Rompe el espejo.

 

Crea un presente.

 

Mira a la vida a la cara, de frente.

 

Que es tuyo el aire que respiras.

 

Que no hace falta un espejo para tener imagen.

 

Que el presente lo escribes tú, aprendiendo del pasado y creyendo en el futuro.

 

Que la vida es un folio en blanco y tú sostienes el lápiz.

 

Tú. Eres tú. Por encima de ti, tú.

 

Sonrisa

Aquella mañana no sonó el despertador.
La ducha fue casi fría.
El desayuno sólo bebido.
El autobús arrancó cuando puse el pie en la parada.
En el trabajo estrés y papeles.
Buzón sin cartas, sólo facturas.
Y en la tele los mismos programas de siempre.
Pero al acostarme, una sonrisa en los labios.
Una sonrisa del alma, sencilla sin aspavientos.
Una sonrisa sincera, porque en algún momento del día,
tú me habías sonreído.

Historia

Podría ser una historia cualquiera.
Pongamos dos nombres, varias letras en orden para identificar al común de los mortales.
Pongamos también un escenario para la historia. Un pueblo, una ciudad. De costa o montaña. Una provincia cualquiera. Un país cualquiera.

Una estación del año. Podéis elegir.

Un día soleado. O lluvioso. Huracanado. O en calma.

En el fondo, como veréis, da igual.

Es en el fondo, una cuestión de principio. O de fin.
Quizá sea una historia que no importe a nadie. O sí.

Quizá sea una historia real. O ficticia. O vista por alguien. O quizás oída. O transmitida de padres a hijos. O de hijos a padres…

Nuevamente, no importa.

Simplemente es la historia de dos. Que fueron muchos para sentirse uno.

Nacieron, crecieron. Fueron a la escuela. Aprendieron mucho y desaprendieron otro tanto. Relativizaron.

Escucharon. Ignoraron. Buscaron y perdieron. Entraron y salieron.

Pero por encima de todo, vivieron.

Esta el historia de dos que fueron uno. Que desde ayer, son uno un poco más solo. Pero uno.

Es la historia de María y Luis. De Luis y María. Desde ayer la historia de María. Sin Luis. O de Luis en María. O de María no queriendo ser otra cosa que la mitad de Luis.

O quizá sean Marcos y Juana. O Susana y Daniel. O Carmen y César.

No importan los nombres. Importan las personas.

Desde ayer una persona está aquí, un poquito más sola. O quizá no. Quizá sean uno.

Quien sabe.

Yo no lo sé.

No sé si ella lo sabe.

Lo que si sé, es que quiero que sepa que yo lo sé.
Un desconocido. Pero que desde hoy te conoce. Y te piensa, aunque sea sólo un instante.

Para mí, hoy, no es una historia sin importancia.

(No he querido darle otra forma. Es, simplemente, un torrente de palabras que ha surgido hoy, al ver en la televisión como dos enfermeros trataban de consolar a alguien, con su historia, mientras tapaban con una sábana su mitad partida del alma…)

Rafa Pérez Herrero

 

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Tiempos de Crisis

Frágil como un murmullo helado.
Se distingue su silueta
en una sombra perdida
sobre el asfalto.

Todo se ha dado la vuelta.
Todo está ahora del revés.

Quisiera coger las riendas.
Alarga la mano al frente
pero no las alcanza.

Ve la vida pasar delante de sus ojos
como un vagón a veces ajeno.
Otras se ve sentada en el vagón
sin saber bien el destino.

Pero el dinero no alcanza
y su crisis es de identidad.

Tiempos ajenos de vidas propias
vividas por otros que por ella deciden.
Anuncios de empleo que no la buscan.
Perdida en el fondo de un negro amanecer.

Sus pies paran de pronto
sin saber muy bien quién dio
la orden.

Mira con ternura infinita a su pequeña
que con la sabiduría y oportunidad
que solo tienen los niños,
aprieta su mano.

El aire vuelve a entrar poco a poco en sus pulmones.

Se sientan juntas en el banco del parque.

Su pequeña coge el periódico y, con aire decidido, pregunta:

Mamá, y de reponedora ¿qué tal nos viene?

 

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