No pido

No pido que me añores

Pero sí que me acompañes cuando estás.

No pido que me abraces

Pero sí sentirte cerca.

No te pido valentía

Pero sí no ser cobarde.

No te pido un universo

Pero sí sentirme estrella.

 

No pido amaneceres

Pero sí poder soñarte.

No pido el infinito

Pero sí un pequeño instante.

No pido tu atención

Pero sí tu compañía.

 

No pido que me ames…

 

¿O sí?

pido

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Viaje Interior

Cuando Martín se sentó en el banco del andén todavía le temblaban las piernas.

Su nerviosismo iba en aumento. Se había jurado una y mil veces que no lloraría. Pero aquel olor intenso a vía férrea, aquel inconfundible aroma del recuerdo, hizo que su imponente figura de metro noventa sucumbiese ante aquel tropel de sensaciones.

Recordó aquel viejo tren que chirriaba al entrar en la estación del pueblo. Recordó el olor de las flores que se inclinaban junto a la vía cada vez que el tren pasaba, en reverencia a su imperial silueta.

Recordó aquella fría tarde del mes de enero en la que, con corbatín de domingo y zapatos embetunados, despidió a su padre. Miguel se iba de su lado hacia un pueblo alemán de nombre impronunciable para Martín.

Aquel día, con tan sólo seis años, miró al tren con rencor.

Su madre y su padre le habían dicho que era por su bien, que iba en busca de algo mejor, para asegurar un futuro para los suyos. Martín no entendía bien como su padre iba a buscar algo que no había perdido, así que no le convenció la idea en absoluto. Su padre era su padre y los padres deben estar con sus hijos.

Martín siempre había querido ser mayor. Su primo Ángel se iba a la cama

cuando quería y nadie le decía “cómete las judías, que te harán un hombretón”.

Le gustaba hacer las cosas que hacen los mayores.

 

Pero no de golpe. No porque sí. No sin consultarle…

Fueron unos años duros. Martín se esforzaba día a día en hacer eso que le había prometido a su padre. En hacer de “cabeza de familia”. Siempre se preguntaba que habría cambiado en su cabeza. Incluso se miraba varias veces al día en el pequeño espejo de la entrada.

Iba a la escuela, se esforzaba por hacer las tareas que mandaba su maestro y en cuanto podía ayudaba a su madre con las cosas de la casa. Incluso aprendió con gran rapidez a preparar las papillas de Cristina, su hermana pequeña.

Pero cada jueves por la tarde, a las cinco en punto, no faltaba a su cita con el tren. Dos veces creyó ver a su padre, pero, a mitad de la carrera, se dio cuenta de su error.

En las cartas que llegaban su padre siempre decía que volvería pronto, que las cosas iban bien y que en cuanto reuniese el dinero suficiente, volvería a casa.

Incluso el jueves que estuvo enfermo mandó a su prima Juliana a esperar a la estación. Su padre, cuando llegase, nunca se encontraría solo.

 

 

 

El altavoz de la estación anunció la salida del tren.

Entonces el olor a vía férrea inundó de nuevo sus sentidos.

Recordó otra tarde. Aunque lluviosa y fresca del mes de marzo, siempre la recordará radiante, más bella y confortable que una soleada y cálida tarde de agosto.

Diez años después hizo las paces con el tren. Diez años después, en la misma baldosa del andén, no le cabían los pies sin pisar la raya. Diez años después aquel “caballo de hierro” le devolvió a su padre. Diez años después le vio descender por la puerta del segundo vagón.

Se sintió pequeño, muy pequeño. Sintió como las lágrimas recorrían sus mejillas. Sintió como las gotas de lluvia lo calaban por completo. Sintió un gran nudo en la garganta y sólo pudo decir “papá”.

Miró fijamente a la cabecera de la máquina. Sonrió y le guiñó un ojo, en un gesto de complicidad. Sólo Martín y aquella vieja máquina sabían cuántas horas había pasado esperando que, de aquel segundo vagón, bajase su padre. Cuantas veces le había pedido que trajese a Miguel de vuelta a casa.

Aquella tarde por fin le había escuchado. Aquella tarde las cartas de papá no mintieron. Aquella tarde Martín se sintió, tras mucho tiempo, el muchacho más afortunado del mundo.

 

 

 

Ahora había estado una semana de trabajo en Barcelona. Sólo una semana. Pero aquel tren, aquella estación y la atmósfera que envuelve a todas las estaciones de tren, sean grandes o pequeñas, colosales edificios o simples apeaderos, le llegaban al alma. Consiguió levantarse y subir con paso tranquilo al vagón.

El viaje fue tranquilo, como siempre. Martín no prestó atención a la película. Le encantaba embelesarse mirando por la ventana. Ver como los árboles se movían y danzaban al paso del tren. Ver como las amapolas hacían reverencias a su paso. Sentir como el tren zigzageaba por los caminos con la lección aprendida, con majestuosidad y elegancia. Sentir un leve traqueteo que antaño inundaba un valle entero.

Por fin el tren enfiló el último tramo de vía para entrar en la estación. Martín se removió algo inquieto en su asiento. Al levantarse miró por la ventana hacia el fondo del andén, donde, en una gran pancarta de colores vivos, se podía leer “Bienvenido a casa papá”. Un niño rubio de siete años y una pizpireta pecosilla de diez sostenían firmemente los palos de la pancarta.

Martín dejó escapar una lágrima. Volvió a respirar el aroma a vía férrea. Cogió su maleta del maletero y, disfrutando de cada paso, fue bajando uno a uno los escalones del vagón.

Avanzó unos pocos metros y sus hijos corrieron a abrazarle. Le dio la mano a Nuria, su pequeña y poco a poco rebasaron a la locomotora.

 

 

Miró fijamente a la cabecera de la máquina. Sonrió y le guiñó un ojo.

Por un instante, a Martín le pareció que aquel “caballo de hierro” le devolvía el gesto.

Esbozó una gran sonrisa y se giró hacia su pequeña, que en ese momento, acababa de guiñarle un ojo a la máquina del tren.