Cansado

Cansado. De las mismas noticias y chascarrillos de unos y otros. De polémicas. De escribir la historia de un lado y del otro, hacia un lado y hacia el otro. De izquierdas, derechas y centros. De nortes y sures.

De retratos, bustos y banderas.

Puesto que la opinión es libre y la ignorancia ( y la sabiduría) atrevidas, expongo la mía.

 

De lo que no estoy cansado es de la gente. De la buena gente. Y eso, señores, es España. Gente, y de la buena.

Gente de nortes, sures, estes y oestes. Gentes de pueblos, ciudades y barrios. Hogareñas, viajeras, hablantes y calladas. Pero por encima de todo, buena gente.

 

Y somos ricos. Muy ricos. Ricos en almas y acogidas del que llega. Ricos en paisajes naturales, diversos y omnipresentes. En pasados con historia y futuros prometedores. Hagamos el favor de no renegar de nuestros presentes.

Que nos sobran políticos de medio pelo que dan una imagen de algo que no somos. Que nos sobran cenizos de pelo y medio que piensan que todo lo de fuera es excepcional y lo de dentro apesta.

Lo siento. No me representan.

 

Me representan aquellos que llevan la grandeza de cada uno de nosotros por bandera. La grandeza de Emilia, la del quinto, para sacar a su familia adelante. Y la de Jonás, el carnicero, que se parte el espinazo en Mercamadrid para que tú, yo, y por ende su familia, tengamos algo que llevarnos a la boca.

 

Nuestra solidaridad y refugio. Nuestro abrigo. Nuestro sentido del humor. Nuestra alegría. Nuestro silencio. Nuestra capacidad de ponerse en el lugar del otro.

 

Me representan aquellos que con su esfuerzo y voluntad quieren transformar el mundo. Quieren un mundo mejor para los que vendrán y para los que estamos.

 

Opiniones, todas. Una por habitante.

Pero la grandeza de nuestras gentes nadie puede negármela. De nuestros parajes, gastronomía, innovaciones y ciencias. De nuestras letras, artistas, maestros que habitan el Prado y maestros que habitan sus aulas.

 

Grandes. Pueblos, ciudades, comarcas.

 

Gentes.

 

Gentes inmensamente grandes.