Nada que temer…

Abrió los ojos por primera vez. Sus párpados eran nuevos.

Realmente todo era nuevo.

Acertó a mirar hacia abajo.

¡Madre mía!

Entonces cayó en la cuenta de que no había por qué preocuparse.

Podría estudiar lo que quisiera.

Tendría las mismas oportunidades.

No tendría que callarse si su opinión era tan válida como el resto.

Podría ponerse la falda que quisiera y la ropa que le pareciese oportuna.

No escucharía barbaridades en plena calle, ni volvería con miedo por las calles oscuras.

Se reconocería su valor y su trabajo y no se la miraría por encima del hombro.

Tendría el respeto de todos y jamás habría de temer porque nadie la levantaría la mano.

Porque en educación se hicieron bien las cosas.

Porque la sociedad entendió, afortunadamente, que debía dejar de mirar hacia otro lado.

No en vano, estábamos ya en el año…

(Ojalá y de una vez por todas podamos rellenar los dígitos. Entre todos, es posible.)

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