Educación

Puesto que se han convocado nuevas elecciones y dada la histórica necesidad de todos nuestros políticos de poner patas arriba todo lo referente a la educación, permitidme una reflexión sobre la profesión que me apasiona.

Si no es mucho pedir, cuando se dispongan a redactar una nueva ley (perdí la cuenta en mis, hasta ahora, 21 años de docente) tengan en cuenta que el centro de la educación hoy y siempre, será el alumno.

Quizá sería bueno saber qué necesitan.

Qué hace que puedan aprender.

Quiénes son sus verdaderos modelos.

Qué consigue que capte su atención.

Y no me refiero precisamente al modelo social que está imponiéndose. Ese que crea niños eternamente insatisfechos por la inmediatez del todo conseguido cada vez que abro la boca.

Ese que suponen una frustración constante porque nada es suficiente.

Ese que hace que cualquier contratiempo (que vendrán) suponga ahogarse en un vaso de agua.

Ese que ofrece modelos con pies de barro que son aplaudidos incluso cuando defraudan.

Eso no significa que no sigan siendo el centro de cualquier sistema que quiera considerarse educativo. Que tengan unos intereses que puedan hacerse coincidir con los nuestros. Con los de aquellos que van a decidir los pasos a seguir.

Que los niños han de estar motivados. Cierto. Si acudo a mi puesto de trabajo, diariamente, con ganas y con ilusión rindo más, consigo más, crezco más.

Ellos no son distintos.

Pero la motivación no es un elemento exclusivo.

También existe el esfuerzo. Ese del que cada vez se habla menos puesto que en su detrimento cada vez se consiguen más cosas sin él.

Y la dedicación. Y la práctica. Y el empeño.

Hagamos que todos ellos entren en juego.

Y permitamos que los niños sean niños, que tengan tiempo para serlo.

Que los aprendizajes académicos ocupen el tiempo que deben ocupar y dejen el espacio a los aprendizajes “de vida” que se consiguen con las relaciones en juegos y entre iguales.

Los que se consiguen teniendo tiempo para hacer cosas en familia. Con los que siempre están ahí.

¿Y el profesor?

Quizá avancemos cuando entendamos que los grandes médicos, ingenieros, abogados, electricistas, bomberos, policías, directores, modistos, cocineros… todos tiene algo en común.

Agente principal del aprendizaje, pero no protagonista.

Tenemos la obligación de fascinar sus ojos ante todo lo que les rodea.

Tenemos la responsabilidad de ser el espejo en el que se miran cada mañana cuando entran en el aula.

Tenemos la obligación de saber transmitir.

Dice Mar Romera en una de sus maravillosas entrevistas que el profesor del siglo XXI debe mostrar una serie de cualidades que para mí son indiscutibles.

Destaco una por encima de todas. Debemos estar dispuestos a aprender cada día.

Por descontado aprender de todo aquello que la misma innovación educativa genera, pero con mayor capacidad de aprendizaje de lo que cada uno de nuestros alumnos y alumnas nos permite aprender con su presencia en sus pupitres.

Sienten, ríen, aman, lloran, contestan a nuestras preguntas, pero siempre, siempre, hay un por qué.

Nunca debemos obviarlo.

¿Y las familias?

Las familias deben estar, deben ser partícipes. Deben confiar.

Deben luchar por una conciliación de la vida familiar y laboral entendida en profundidad.

Últimamente se entiende como la necesidad de que los centros educativos abran hasta las tantas de la noche y se dispongan a dar desayunos casi a la luz del alba.

La conciliación debería consistir en horarios de trabajo racionales en los que se consiga la verdadera conciliación, pasar tiempo con la familia, disfrutar de ella, estar con ella.

Quizá por este motivo, animo al comité de expertos que sin duda procederá (más pronto que tarde) a dar un nuevo revolcón (a ver si quedan siglas disponibles) a la ley educativa, a que tenga en cuenta a todos los agentes que inciden en esa educación de la que todos, alumnos, familias, profesores y espero que políticos, queremos estar orgullosos.

Rafa Pérez Herrero.

Maestro.

La Paz en el mundo

La Paz en el mundo…

Acaba el 2018 y asoma, con la ilusión de aquello que se estrena, 2019.

Cada vez que empiezo un nuevo año viene a mi memoria la frase que da título a esta reflexión.

¿Qué deseas para el nuevo año?

Y se repite la cantinela.

Siempre me ha parecido una frase manida, aunque bella por su utopía.

Sin embargo, en un momento de tranquilidad y sosiego, me ha dado por pensar cómo darle sentido.

Así que permitidme plasmar en papel mis pensamientos.

Quizá el 2019 pueda llenar esas letras.

Si conseguimos empatizar con aquellos que están cerca, en casa, en la familia, en el trabajo…

Con aquellos con los que nos cruzamos cada día.

Si llenamos de sentido un buenos días.

Si tenemos cinco minutos para escuchar.

Si miramos para ver.

Quizá llenemos esas letras si dejamos de ser el ombligo del mundo.

Si reconsideramos qué es importante.

Si somos capaces de pasar unos minutos en compañía de nosotros mismos.

Si comprendemos que tenemos mucho de lo que anhelamos.

Quizá llenemos esas letras si hacemos causa común contra lacras que nos corroen y que tienen la solución en la individualidad del colectivo.

Si luchamos por la igualdad de cada ser humano, independientemente del sexo, estatus o condición.

Si dejamos de observar y protestar mientras seguimos sentados.

Si analizamos unos segundos lo que sentirá aquel a quien voy a decir algo.

Si empezamos a sentir en lugar de dejar pasar los días entre la prisa y el frenetismo.

Quizá llenemos esas letras si conseguimos la paz con nuestro interior.

Con los que nos rodean.

Con los que compartimos espacio.

Si la tranquilidad y el diálogo ocupan el lugar que ahora ocupa la crispación.

Si exigimos a los políticos que sean dirigentes diligentes.

Si todos estamos a la altura.

Quizá llenemos esas letras si redescubrimos las miradas.

Las caricias.

El roce.

La paciencia.

Si comprendemos que la vida real está fuera de las pantallas.

Si valoramos la amistad como el devenir de los días en la mejor compañía.

Si nos esforzamos en ayudar a conseguir sueños.

Y tú, ¿qué deseas para 2019?

Tienes toda mi atención.

Te escucho…