Semblante

Aquel hombre, de semblante serio y mirada perdida, reaccionó por un momento.
Sus preocupaciones habían bloqueado su capacidad de percibir.
Pero aquella carcajada, profunda, sonora, hizo que volviese por un instante en sí.

Contempló detenidamente aquella escena que tenía frente a sus ojos.
Le fascinó la vitalidad que desprendía. El desenfado. La capacidad de sentir.
Olvidó por un momento todos aquellos pensamientos que hasta hace un segundo ocupaban por completo su tiempo y su mente.

Observó aquel baile de movimientos armoniosos que tenía frente a él.
Aquel optimismo, que casi sin pretenderlo, envolvía todo.

Y sin darse cuenta, despegó los labios.

– Perdone. ¿Podría decirme su nombre?

Se acercó sigilosamente y pudo apreciar su cara. Su mirada. Su esencia.
Se sintió raramente reconfortado por una sensación algo extraña y placentera a la vez.
Y no pudo evitar decirse que aquella cara le resultaba conocida.
No podía definir con exactitud de qué o de cuándo.

Aquella figura se acercó aún más, cálida y pausadamente hasta susurrarle en el oído.

– Niñez, es mi nombre.

Rafa Pérez Herrero.

Cuando no reconoces la imagen que te devuelves.
Cuando la vida te sabe amarga.
Cuando el espejo te refleja una vida cargada de nostalgia.
Cuando cualquier tiempo pasado fue mejor.
Cuando la vida te pesa en la espalda…

Busca aire.
Rompe el espejo.
Crea un presente.
Mira a la vida a la cara, de frente.

Que es tuyo el aire que respiras.
Que no hace falta un espejo para tener imagen.
Que el presente lo escribes tú, aprendiendo del pasado y creyendo en el futuro.

Que la vida es un folio en blanco y tú sostienes el lápiz.

Tú. Eres tú.
Por encima de ti, tú.

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¡Qué grandes sois!

nº7

Cuenta un sabio

Cuenta aquel sabio que le vio morir de pena.

Comprendió que el tiempo no volvería.
Comprendió que era lo único que no recuperaría jamás.

Aquellas tardes en las que sus hijos quisieron jugar.
Aquellos besos para los que no tuvo tiempo.
Aquellas caricias que sus manos ocupadas no pudieron disfrutar.
Aquellas manecillas que nunca marcaron las horas para los dos.

Esas canciones que no pudo cantar porque su voz estaba al teléfono.
Esos bailes que nunca movieron sus pies.
Esas noches en que su lado de la cama estuvo vacío.
Esas mañanas sin amanecer acostado.

Cuenta aquel sabio que le vio morir de rabia.

Por aquellas conversaciones que fueron mudas.
Por aquellos recuerdos que quiso tener.
Por aquellos momentos que no sucedieron.
Por aquella vida que se olvidó vivir.

Cuenta aquel sabio que vio morir a aquel quien creía ser
para volver a nacer aquel que realmente era.

Cuenta aquel sabio, que en aquel preciso instante,
comprendió que la vida requiere tiempo.
Tiempo para sentir, soñar y vivir.

Rafa Pérez Herrero.